Litoral
Imagínense salir de Nanchital con una mochila e ir caminando por el litoral del golfo hasta Matamoros y de retache hasta Chetumal, parando en todos los pueblos costeros, pero debe ser a pie o en tren.
Paul Theroux se embarcó en una travesía similar, sólo que, en lugar del calor istmeño, recorrió toda la costa británica, como si fuera una penitencia autoimpuesta, y miren que lo ha sido, tres meses tardó el viaje.
The Kingdom by the sea (1983) Paul Theroux
El libro comienza con Theroux abandonando Londres en primavera, decidido a circunnavegar Inglaterra, Gales, Irlanda del Norte y Escocia por sus litorales. ¿La razón? Una mezcla de curiosidad masoquista y ese impulso humano de sufrir voluntariamente para luego escribir sobre ello. Theroux enfrenta la lluvia perpetua, el viento gélido y el temperamento británico (todos igualmente inhóspitos e impredecibles).
Lo fascinante del viaje es cómo disecciona la Inglaterra de los ochenta con ojo clínico y pluma afilada. Los balnearios venidos a menos, los hostales con olor a humedad, los pubs donde la conversación muere apenas llega un forastero. Brighton resulta ser una viuda emperifollada que se niega a aceptar que sus mejores días quedaron atrás. Blackpool, un parque de diversiones atrapado en un loop temporal entre la posguerra y Margaret Thatcher.
El autor encuentra belleza en lo desolado, como esos manglares contaminados de Nanchital que lucen tristes, pero esconden vida secreta que se resiste a morir.
Las playas inglesas son grises, pedregosas, azotadas por mareas dramáticas, pero poseen una melancolía honesta que Theroux captura magistralmente. Cada pueblo costero revela capas de historia: romanos, vikingos, piratas, contrabandistas, veraneantes victorianos, todos dejaron su huella en estos rincones olvidados.
Los encuentros con lugareños son pepitas de oro puro. Theroux conversa con fanáticos de los trenes, pescadores amargados, hoteleros nostálgicos, jubilados que odian a los turistas (pero dependen económicamente de ellos). Hay un cinismo muy británico en estas interacciones, esa capacidad de quejarse del clima mientras se toma té como si el mundo no estuviera colapsando alrededor.
Lo que Theroux logra, y creo aquí está su genialidad; es transformar una caminata aparentemente aburrida en una radiografía social. La costa británica se convierte en metáfora de un imperio en descenso, aferrado a glorias pasadas mientras el presente se desmorona lentamente, como los acantilados de Dover erosionándose ante el Canal de la Mancha.
El viaje concluye donde comenzó, con Theroux exhausto pero satisfecho, habiendo completado su circunnavegación insular, no encontró respuestas trascendentales ni epifanías baratas, simplemente caminó, observó, aprendió y escribió. A veces, eso basta.
Hasta pronto
nanche curtido
Paul Theroux se embarcó en una travesía similar, sólo que, en lugar del calor istmeño, recorrió toda la costa británica, como si fuera una penitencia autoimpuesta, y miren que lo ha sido, tres meses tardó el viaje.
The Kingdom by the sea (1983) Paul Theroux
El libro comienza con Theroux abandonando Londres en primavera, decidido a circunnavegar Inglaterra, Gales, Irlanda del Norte y Escocia por sus litorales. ¿La razón? Una mezcla de curiosidad masoquista y ese impulso humano de sufrir voluntariamente para luego escribir sobre ello. Theroux enfrenta la lluvia perpetua, el viento gélido y el temperamento británico (todos igualmente inhóspitos e impredecibles).
Lo fascinante del viaje es cómo disecciona la Inglaterra de los ochenta con ojo clínico y pluma afilada. Los balnearios venidos a menos, los hostales con olor a humedad, los pubs donde la conversación muere apenas llega un forastero. Brighton resulta ser una viuda emperifollada que se niega a aceptar que sus mejores días quedaron atrás. Blackpool, un parque de diversiones atrapado en un loop temporal entre la posguerra y Margaret Thatcher.
El autor encuentra belleza en lo desolado, como esos manglares contaminados de Nanchital que lucen tristes, pero esconden vida secreta que se resiste a morir.
Las playas inglesas son grises, pedregosas, azotadas por mareas dramáticas, pero poseen una melancolía honesta que Theroux captura magistralmente. Cada pueblo costero revela capas de historia: romanos, vikingos, piratas, contrabandistas, veraneantes victorianos, todos dejaron su huella en estos rincones olvidados.
Los encuentros con lugareños son pepitas de oro puro. Theroux conversa con fanáticos de los trenes, pescadores amargados, hoteleros nostálgicos, jubilados que odian a los turistas (pero dependen económicamente de ellos). Hay un cinismo muy británico en estas interacciones, esa capacidad de quejarse del clima mientras se toma té como si el mundo no estuviera colapsando alrededor.
Lo que Theroux logra, y creo aquí está su genialidad; es transformar una caminata aparentemente aburrida en una radiografía social. La costa británica se convierte en metáfora de un imperio en descenso, aferrado a glorias pasadas mientras el presente se desmorona lentamente, como los acantilados de Dover erosionándose ante el Canal de la Mancha.
El viaje concluye donde comenzó, con Theroux exhausto pero satisfecho, habiendo completado su circunnavegación insular, no encontró respuestas trascendentales ni epifanías baratas, simplemente caminó, observó, aprendió y escribió. A veces, eso basta.
Hasta pronto
nanche curtido
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| Mapa del recorrido |
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| Paul Theroux |



Similar a un mochilero de mis tiempos recorriendo ida y vuelta la península Yucatán con unos cuantos pesos en la bolsa
ResponderBorrarParecido!
BorrarDisfruto mucho tus narraciones.
ResponderBorrarGracias Ma!
BorrarQue padre sería hacer algo así, la verdad una experiencia unica
ResponderBorrarExacto, pues a plaenarlo y completarlo!
BorrarCool, se antoja una travesía así por Centro America un compa la hizo en moto , lo detuvieron 2 días en Nicaragua y 2 mas en El Salvador a estos países se les hace raro que la gente quiera conocer culturas y lugares diferentes .
ResponderBorrarUna viaje alrededor de Mexico o al menos el Golfo, que mala onda que a tu amigo lo pararon !
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